Agua exorcizada

A casa han llegado dos frascos con agua exorcizada. Sí, eso que le hacen a la gente para expulsarles el demonio del alma. El primero es para beber… y por ahí lo andan tomando de a sorbos… El segundo es para esparcir por la casa… y por ahí lo andan regando de a pocos… siempre en las paredes, jamás en el suelo… y es extraño porque siempre creí que el mal se ocultaba bajo los pies, pero parece que deambula a la altura del pecho. También han traído un crucifijo de murano del mismísimo Vaticano y han colmado algunas mesas con imágenes de santos.

Todo está raro. Sobre todo porque mientras escribo esto, me llaman para obligarme a tomar el agua exorcizada bebible. Y que yo sepa, ningún demonio ha pasado por mi cuerpo. ¿O es que ha ocurrido y yo ni cuenta me he dado? En ese caso, el mismo espíritu habrá entrado en mis hermanos, porque también son convencidos de consumir el líquido extraño.

“Exorcizada”, se lee con plumón indeleble en las dos botellas de plástico… y la sola palabra da miedo.

Si el agua ha sido exorcizada es porque ha tenido algún demonio nadando dentro, pienso, o es que posee rezagos de baba de su lengua sedienta. Tal vez se enjuagó las manos el diablo, o el rostro, o la cabellera… o quizás la utilizó para ahogar a un niño, o envenenar a un anciano… Y hoy ya está limpia y salva… quién sabe cómo.

Da lo mismo, igual bebe… Y yo bebo… Y será sugestión, pero da mareos.

Luego el sueño profundo, irreversible.

Y ya estoy inmersa en la lucha contra un enano… de esos tantos que se ocultan en las mentes.

Lo sujeto fuerte del cuello para que no llegue a la cama donde Ella duerme. Se mueve rápido. Está a punto de tocar sus pies para dejarla nuevamente en ese cruel estado inconsciente. Pero le muerdo las manos, que me saben a monedas, y presiono su cara contra el suelo… hasta que su respiración se haga cada vez más lenta. En serio deseo matar al enano.

Él se escurre entre mis brazos y alcanza el marco de la puerta. No deja de sonreír, el maldito, y sin quitarme la vista de encima, saca un frasco de su saco y arroja un líquido blanco, lechoso, al borde de la madera.

Por primera vez en mi vida despierto de un sueño con tanto sudor en la frente, tanto dolor en el estómago y tanta sequedad en la garanta.

Volteo y de nuevo la botella con agua exorcizada.

Bebo un poco… hasta cerrar los ojos y encontrarme nuevamente al enano, esta vez con sus manos aprisionando mi cuello, vengándose de mi intento de homicidio… Pero es un ataque de tos el que me libera de sus inmundos dedos y me devuelve a la normalidad de mi cuarto.

Suficiente agua por una noche… No quiero ni pensar qué pasará cuando traigan el arroz y el aceite exorcizados.

Published in: on mayo 10, 2010 at 2:43 am  Comentarios (2)  

Sin título

Esa noche tu cuerpo se agitó violentamente contra las sábanas. Golpeaste cientos de veces la cabeza contra la almohada. Perdiste el control de tus brazos, de tus piernas, de tu esqueleto… y te perdiste también en una danza involuntaria con algún demonio cercano.

Mordiste sin piedad tus labios. De pronto quisiste que algo saliera de tus adentros. Pero fue imposible… así que repetiste el terremoto interno unos 3 minutos más… hasta que los ojos se pusieran en blanco… hasta que el cuello intentara girar 180°… hasta que una calma aparente saliera en forma de espuma por el agujero de tu boca seca. Y luego vinieran ellos: la confusión, el terror y el pánico.

Luego de dos convulsiones más, esa noche dormiste en un cuarto blanco, con tubos que ingresaban por tu nariz y tus venas. Así pasaron siete crueles días… hasta que el baile infernal se apoderara nuevamente de tu cuerpo. Siempre con testigos que presenciaran las sacudidas frenéticas de tu ser inconsciente… siempre rodeada de gritos, de llanto, de impotencia.

Entonces bajaste a cuidados intensivos y algo se detuvo. Veías con pupilas oscilantes y opacas a tu hija menor, pero decías que no estaba allí realmente… aunque acariciaras sus manos… aunque sintieras unas gotas saladas y ajenas caer sobre tu frente. Cogías fuertemente las sábanas “para que no escapara el fluido que las cubría”, según decías. Sólo soportabas estar con los ojos cerrados y jurabas que veías delante de ti a un sujeto siempre. No despertaste… ni ese día, ni al día siguiente… Y entonces ella, la menor, pensó que te perdía.

Y tú, sin embargo, la consolaste con una carta de trazos invisibles que dibujaste con tus dedos sobre las sábanas. En ese momento balbuceaste a su oído algunas palabras del texto, pero luego, en algún segundo de conciencia, las escribiste sobre un papel que dejaste junto a la cama, antes de retornar a tu sueño eterno.

Tú no lo recuerdas, como tampoco recuerdas tus días en la clínica, ni cuál era tu casa luego de que te dieran de alta, pero le decías que la querías y que te ayudara a despertar de esta pesadilla. Confía en ella… a eso se dedica por estos días.

Published in: on abril 5, 2010 at 5:01 am  Comentarios (4)  

El quinto colmillo

El quinto colmillo se ocultaba en la parte menos sospechada de la boca. Cualquiera que haya dado una ojeada por esa cavidad, no lo hubiera visto nunca. Pero ahí estaba él… reposando en lo más alto de esa cueva roja, viendo cómo las olas de saliva revoloteaban salvajes sin salpicarle siquiera.

Desde esa guarida se burlaba de los demás colmillos, que eran obligados a vivir de pie, en una hilera donde se empujaban unos contra otros. Él, sin embargo, pasaba sus días y noches recostado en el cielo de su mundo bucal, cubierto por una cama de músculos que se acomodaban fácilmente a su cuerpo blanquiñoso.

Vivía feliz aquel quinto colmillo, que jamás se atrevió a descender al mundo real. ¿Para qué?, pensaba. Si los demás son esclavizados a trabajos forzosos, obligados a atacar a mordidas a todos los que se acerquen.

¿Para qué? -se decía a sí mismo-, si las cuatro esquinas de allí abajo ya son resguardadas por otros colmillos. ¡No tiene sentido!, resonaba el eco de sus cuestionamientos en su rojo espacio privado.

Tú no perteneces a las alturas, le advirtieron. Ese lugar es inhabitable y por tu culpa se derrumbará en cualquier momento, le increparon. Pero el muy necio, lejos de intimidarse, decidió trepar los velos rosa que tambaleaban encima suyo.

Por primera vez, el quinto colmillo buscaba un punto más alto, un lugar más alejado de sus demás hermanos, en el paladar que lo alojó durante 15 años. Ladeaba su cuerpecito de cúspides puntiagudas… movía ágilmente su cabeza color marfil… el quinto colmillo iba rumbo a los orificios de una nariz humana… pero los doctores… MIS DOCTORES lo vieron intentando huir.

El dentista me explicó que con los años el dientecito (aquel quinto colmillo oculto en mi paladar) iba a seguir moviéndose… tratando de acomodarse (o de escapar, según creo yo). Y esto, a la larga, iba a provocar la caída de los demás dientes.

Conclusión: debía ser extirpado.

¡Nooooooo!, gritó el pequeño colmillo, con la rudeza que sólo un tejido de corazón tan duro como él podía expresar.

¡Nooooooo!, lloró desesperado, ahora que estaba fuera de la boca y era depositado, cual basura, en un recipiente cualquiera.

Les aseguro que yo grité más que él.

Les aseguro que yo tuve más miedo que él, cuando el doctor se abalanzó sobre mi boca con una cuchilla y comenzó a cortar mi paladar, para ir en busca de aquel quinto colmillo… de ese fenómeno que andaba en plan de huida.

Esto será rápido, me dijeron, por eso no te dormiremos.

¡Mentira!… El rito duró cerca de dos horas.

Primero me colocaron una seda crema sobre el rostro para que no vea la tortura. Pero ¡oh sorpresa! las luces que pendían de la silla de dentista creaban un juego de sombras tétricas sobre la tela.

Boca arriba, veía cómo iban y venían las inyecciones para una anestesia local que duraba apenas 15 minutos… observaba cómo llegaban los cuchillos quirúrgicos de todos los tamaños y filos… y sobre todo cómo saltaban, de un lado al otro, finos chorros de sangre que caían sobre mis labios, mis ojos y mi frente… Y todo por la majadería de un colmillo.

Cuando lo sacaron de mí, el médico me lo entregó envuelto en papel como a un hijo.

No lo quise. Nunca lo quise… hasta ese día, en que lo vi tan desprotegido, que lo guardé en el bolsillo del jean y me lo llevé a conocer el mundo fuera de mi boca.

Published in: on marzo 5, 2010 at 5:19 pm  Comentarios (3)  

Cercenada

Me teme. Está sentada en la silla de al lado, mirando el suelo. No quiere volver al pasado, a esa hora en que la torturaron. Pero yo la obligo y la empujo a esa madrugada cuando las navajas trozaron su cuerpo. Por eso me teme.

Le ha empezado un leve temblor en las manos. Y al observarlas con detenimiento, me odio a mí misma por haberlas presionado contra las mías, en lugar de besarle la mejilla para saludarla… Todo por el maldito prejuicio inconsciente de evitar rozar la cicatriz que le atraviesa el rostro. ¡Qué estúpida me siento!

“Eran las tres de la mañana. Me estaba yendo al paradero porque ya había terminado mi hora de dar charlas preventivas sobre VIH a un grupo trabajadoras sexuales en Ate”… (Seguramente en esas mismas calles donde meses atrás ofreció su cuerpo aún masculino a otros hombres, pienso).

“Creí que estaba sola, pero cinco chicos me estaban siguiendo. Me rodearon”… (Noto que el temblor le sube al pecho todavía carente de implantes. Es una especie de epilepsia contenida. Un ataque… pero no intento calmarla. Quiero que hable).

“¿Qué haces acá maricón? Ya te jodiste, me dijeron. Y me tumbaron al suelo. Me patearon la cara, el estómago. ¡Eso le pasa a los travestis como tú! Rompieron botellas de cerveza y me cortaron la espalda, los brazos. ¡Vas a morir aquí, mierda!, gritaban… Yo sólo pensaba en que no le hagan nada a mi cara y no sé de dónde saqué fuerzas para defenderme. Pude escapar”…

Ensangrentada, llena de tierra y vidrios incrustados en la piel, corrió a pedir ayuda a la gente que estaba cerca. Pero nadie le hizo caso… tal vez por la turba que venía detrás de ella, o tal vez por ser un travesti, o tal vez un poco de ambas. ¿La hubieran ayudado si ella no hubiese sido un hombre con tacos? ¿Yo lo hubiera hecho? Ahora más que nunca quería abrazarla, besarla, para sentirme menos culpable por la respuesta que se tejía en mi cabeza.

“Ellos me lanzaban piedras y picos de botella. Corrí como pude a la Diroes (Dirección de Operaciones Especiales de la Policía Nacional), que estaba cerca. Le pedí a los policías de la puerta que me ayudaran a esconderme. Les dije que me iban a matar”…

-Vete más allá, cabro, nosotros no queremos problemas. Anda a ver cómo te salvas, le respondieron y se cagaron de risa.

“Me metí a una cantina llena de personas”…

Para ese momento, ella dudaba si entregarse a esos cinco muchachos y morir; o seguir luchando contra tanta indiferencia. Ella era un bicho indeseable y todos parecían querer que muera. Su sangre no daba pena, daba asco mientras caía por la acera.

“Ellos entraron también y me tumbaron en medio de la pista de baile, en medio de mi propio charco de sangre. Ya no tenía fuerzas. La gente estaba alrededor mirando, sentados en sus sillas como si mi muerte fuera un espectáculo”…

La cumbia que sonaba no dejó de sonar. Las luces de colores continuaron girando de un lado al otro sobre el suelo. Una pareja siguió bailando. Los hombres siguieron tomando sus cervezas, y más allá… los policías asomaban sus cabezas para no perderse los momentos clímax en que los vidrios entraban y salían del cuerpo de ese ser humano.

“Pensé en mi madre. No sé cuánta sangre vomité, pero aproveché eso para hacerme la muerta”…

Se quedó inerte durante algunos minutos.

“Ya vámonos, ya está tiesa, dijeron. Quería gritar de dolor, llorar… pero me aguanté y me quedé quieta escuchando sus pasos alejándose. Entonces uno volvió corriendo”…

-Si estás muerto, esto no te va a doler, le susurró al oído, y le introdujo una chaveta en la boca.

“Aguanté la respiración”… Su corazón cercenado quería huir… “Pero me vino la imagen de mi madre”…

El sujeto movió el brazo violentamente para correr la navaja por su mejilla. Le abrió la cara en dos. La marcó una media sonrisa eterna y luego salió riéndose del local.

Se fueron.

Ella quedó tendida en el suelo con la cabeza y el codo fracturados. Tajos profundos de 6, 9 y 19 centímetros en la espalda, el pecho, los brazos, las piernas y el rostro. Hematomas en todo el cuerpo y la seguridad de que absolutamente nadie la ayudaría a pararse.

Sola se levantó, caminó hacia un patrullero de serenazgo y tuvo que ofrecer 100 soles para que aceptaran llevarla a un hospital. Sola tuvo lavarse sus propias heridas, porque las enfermeras se negaban a tocar su sangre.

Sola retornó a casa para ver el rostro de su madre, con un alma mutilada y 180 puntos que cosían su piel.

Published in: on enero 31, 2010 at 7:28 am  Comentarios (13)  

Insensible

Hoy me contaste que ya no sientes una de tus manos, ni uno de tus pies… que por esto te andas tropezando… que ya no es tan fácil subir las escaleras y que una parte del rostro parece no responderte a veces, cuando menos te das cuenta.

Seguramente habrás visto mi gesto de angustia, porque paraste de golpe con esa avalancha de revelaciones. Escuchándote, sin quererte entender, o queriendo haber malentendido ese penoso estado en el que dices que te encuentras, te pedí que hagamos una prueba.

Varias horas después, confieso estar arrepentida.

Metiste llaves, papeles y monedas de diferentes tamaños en tu cartera. Me miraste con los mismos ojos aguados de siempre, e introdujiste tu mano derecha. Voy a sacar las llaves, me dijiste, y pasados unos segundos, lo hiciste sin problemas.

Ahora la mano izquierda. La moviste de un lado al otro al interior de la bolsa, rebuscaste… tanteaste… nunca sacaste las llaves. Inutilizados, los dedos se abrían y cerraban delante de mí, para revelarme que tal vez en unos días, meses, o años, quién sabe… todo será diferente.

Palpaste mis manos con esa mano obsoleta, recorriste mi palma con las yemas de tus dedos… sentí tu piel fría, tal vez de nerviosismo, pero tú no sentías nada. Era como si tocaras el vacío, como si yo no existiera para esa mano obstinada.

Intenté encubrir la pena hablado de la vez que te caíste sentada dentro de una caja… o cuando te enredaste en los cables de una computadora y desconectaste la exposición de unos doctores… de la noche en que arrimaste la pistola de un ladrón que te estaba apuntando en el rostro… de los focos gigantes que hoy nos alumbran las cabezas… y de cuánto se demora el mesero en traer el pedido a la mesa… Y ya un poco más calmada, volví al tema.

-¿Cuándo vas a ir a revisarte?

-Mañana.

-¿Desde hace cuánto estás así?

-Desde hace un par de años.

Pero nunca había dicho nada. Psiquiatra terca como sí sola, acostumbrada a automedicarse y a nunca tener tiempo para ella… nunca me dijo nada. Pero loca, como está, sí se había atrevido a mandar señales, que lamentablemente pasaron desapercibidas…

Hace unos meses pasaste a mi nombre algunas cosas que te pertenecen. No pasa nada, me dijiste, es sólo por si ocurre algo, uno nunca está libre de nada. Comenzaste a hablar de que debemos madurar… pensar en cómo nos mantendremos cuando ya no estés o no puedas trabajar por algún motivo… Empezaste a entrelazar tu brazo con el mío para no quedarte atrás en el camino, a evitar atar los pasadores de tus nietos y también a sostener bolsas pesadas…

La vejez no era algo que haya visto persiguiéndote. Al contrario, siempre parecías tener un escudo y una espada adheridos a tus manos. Pero hoy parece que me las cedieras a mí y yo aún no las quiero.

Published in: on enero 15, 2010 at 5:36 am  Comentarios (4)  

Catorce escalones

Siempre pregunté para qué me buscaste. Aún no lo entiendo… Pero sé que sigo sintiendo tu aliento en mi nuca, sigo viendo a veces los rezagos de tu sombra en las calles, en los pasadizos, en este escritorio colmado de hojas. ¿Por qué sigues ahí mirando, sin hacer nada?… esperando… esperando ¡No te has dado cuenta que es desesperante, que me llenas de estrés, de preguntas, de paranoia!

Haz algo, como antes. Asústame, manda mensajes incomprensibles a través de terceras personas, entrométete en los discursos, enróscate en las frases escritas, habladas… pero no elijas a los menos indicados, como lo has hecho hasta el momento, a esos que hieren y luego hablan de ti. Aunque, pensándolo bien, no debería aconsejarte, porque siempre haces lo que se te viene en gana.

Olvídalo.

Sólo te agradecería una explicación somera, pequeñita, sobre lo que dijo alguna vez una mujer corpulenta, que tendida en el suelo, al igual que el resto de nosotras, habló de profetas, de puertas abiertas, de luchas espirituales… Dime por qué ella ha desaparecido ahora, por qué sus palabras ya no son las mismas, por qué la recuerdo y ya no siento paz. Dime, pues, por qué ella parece haberte abandonado.

Te escribo en un trance en el que me siento muda… en el que recuerdo el temor que experimenté cuando el alma quería escapar de mi posesión y yo, estática, sin posibilidades de gritar siquiera, presionaba el cuerpo contra el colchón lo más fuerte que podía. Adolorida, veía las piernas elevarse, irse, chocar contra el techo y desplomarse luego de tanto forcejeo. Despertaba de un sobresalto, consciente de que podía repetirse de nuevo, en cualquier momento. Y así ocurría.

No te miento, te escribo en un trance en el que me siento algo ciega y recuerdo las imágenes borrosas de aquella tarde en la se apareció una sombra en la sala y me hizo una señal incomprensible con dos dedos de su mano derecha, como si me estuviera maldiciendo dos veces. Sé que me estaba mirando, pero no le veía los ojos. Y también sé que tú estabas mirando, pero tus ojos son difíciles de encontrar.

Entonces el mensaje en el celular: “No temes a los fantasmas, ¿o sí?”

Entonces los pies tropezando en las escaleras. Subiendo, huyendo, encerrándose en el cuarto para ayudarme a pensar qué podía ser todo eso.

De nuevo el sonido del bendito aparato: “No estás sola, ¿o sí?”

Demasiadas coincidencias. Más aún teniendo libros sobre demonios y brujería debajo de la cama. Más aún luego de haber conocido a gente tan oscura. No podían ser coincidencias.

El celular vibrando, formando ecos entre las sábanas.

“¿Te cansaste del jueguito? Ahora comienza la acción, jajaja”

Ok. ¿Fantasmas riéndose por mensajes de texto? Parecía una película de Scary Movie, donde se burlan de los episodios de terror. Pero era real y estaba sola en casa, recordando algunas escenas paranormales que ocurrían aquí, con macabra normalidad, desde hace semanas.

Bajé a la primera planta y reposé junto al teléfono, pensando a quién llamar para contarle esta locura… Pero Princesa ladraba tan fuerte, que era imposible oír mis propios pensamientos.

Lo único que tengo claro de ese día es que ella también lo sintió. Alguien o algo descendía por las escaleras. No había sonido alguno. Sólo la terrible sensación de una presencia extraña, que parecía haber estado descansando en el segundo piso… que por algún motivo había sido despertada y ahora venía… rabiosa, a toda prisa, galopando los 14 escalones de alfombra roja, donde dejaba una mancha negra y tenebrosa en cada movimiento de sus piernas invisibles.

No pregunten cómo, pero sé que eran dos piernas. Era inmenso, fuerte, capaz de arrojarnos fuera de la casa con uno de sus brazos (si es que los tenía).

Princesa ladraba al mismo punto donde yo sentía que esa cosa avanzaba. El pelo de su lomo se encrespaba, mientras lo sentía más cerca. Más cerca. El miedo se reflejó en sus orines escurriéndose en el suelo. Más cerca, más cerca. Era increíble ver lágrimas en los ojos de mi perra. No sé cuánta resistencia tenga la garganta de un yorkshire, pero la de ella parecía quebrarse con cada grito canino.

Más cerca.

La masa se iba acercando y ella retrocedía, tan desesperada como yo en un rincón de la sala.

Más cerca.

El ente aligeraba el paso para observarnos con más detenimiento, esperando el momento oportuno y delicioso para abalanzarse contra nuestros cuerpos.

Más cerca.

Princesa temblaba y parecía ya no poder defenderme. Se subía al sillón, se enroscaba en mis brazos. Temblaba, humedecía el asiento.

Entonces pronuncié cuatro palabras que en ese momento parecieron mágicas.

Me las había comentado días atrás la hija de la dama corpulenta, casi por azar, por si es que alguna vez las necesitaba.

Y las dije. Poco crédula…

“Cúbrenos con tu sangre”

Y funcionó.

Esa cosa se esfumó.

Todo parecía haber sido una simple alucinación, una pesadilla. El alma retornaba a nosotras, a mí y a Princesa. El pelo encrespado del animalito, que no dejaba de lamer mis manos, se adhería nuevamente a su piel… se bajó del sillón de un salto y comenzó a olisquear el rastro del desaparecido. Si ella pudiera hablar, lo contaría todo, tal cual.

Pero no puede.

Sólo quedo yo como única testigo… ¿Y tú?… sigues ahí, en tu silencio, mirándome teclear en este instante desde alguna puerta o ventana. Esperando… esperando a que ella estalle en ladridos de nuevo, o que yo reviente en pánico y paranoia.

Lo que ocurra primero.

Published in: on enero 4, 2010 at 10:28 pm  Comentarios (6)  

Huañurga

Hablaba con la voz de un viejo sabio, de aquellos que cuentan su historia observando a un punto fijo del cuarto, como ingresando a un trance que los conduce al pasado. Hablaba de la vida sin mirarme, como si no existiera y, a la vez, como si fuera la única persona en el mundo que lo pudiera escuchar.

“Ya las cosas no son como antes. Antes se comía bien, se vivía tranquilo. Ahora sólo falta que roben personas y las vendan”…

Los dedos de sus manos se tocaban entre sí con postura encorvada. Sentado en esa silla de madera y con una gorra que le cubría la mitad del rostro, sus movimientos se asemejaban mucho a los de una tortuga terrestre. Incluso, entre las grietas que marcaban su cara, parecía guardar restos de tierra de su amada chacra.

“Yo de chico calculaba que a los 50 años tendría 50 millones de soles, pero no tengo ni un millón. Y no entiendo, si yo sólo he dormido y trabajado, dormido y trabajado”…

Después de muchos años, él había roto su silencio. Era como en año pasados, cuando de niña me sentaba a sus pies para oír historias de extraterrestres que se estacionaban en su huerta; de niños fantasmas que jugaban a las canicas al borde de su cama; del joven cabeza de zapato que una vez cayó de un avión sobre sus arbustos de cerezas; o del esqueleto de gallina que se la aparecía cada noche para recibir el impacto de sus balas.

“Entre cuatro amigos matábamos a un chancho, luego le sacábamos el cuerito y ya sabíamos que su carne duraría para cuatro días. Después de comer chancho al horno, picante de chancho, chicharrón de chancho y todo lo que te puedas imaginar con chancho, ya estábamos hartos. El chancho empalaga”…

Lo oía con la misma atención de ese tiempo. Sólo que ahora yo tenía 22 y él se acercaba a los 100 años.

“La vida es amarga, pero nadie quiere irse”, me decía. Y se callaba de repente, como para que reflexionara.

“Por eso cuando yo muera, voy a penar en la casa durante un año completo para despedirme de todos mis amigos y familiares. Eso está decidido, aunque uno nunca sabe cuándo se va”, me aseguró. Y lo pronunciaba con tanta certeza, que le creí en cierta medida.

Estaba a punto de contarle que la esposa del fallecido zapateador y cajonero chinchano, Amador Ballumbrosio, me afirmó entre lágrimas que su marido pronosticó su muerte. Casi le cuento que ese amado ser de ébano no paró de pronunciarle a su mujer la palabra “huañurga” (muerte, en quién sabe qué lengua) unos días antes de su partida. Y que minutos antes que su alma dejara la tierra, la mandó a traerle un vaso de agua para descansar en paz sin que ella lo vea.

Pero sólo llegué a decirle que algunos sienten cuándo les llegará la hora. Y él me interrumpió con un “claro, pues, yo por ejemplo sé que me iré en dos años”.

Me quedé fría.

Ambos nos quedamos callados durante un largo rato.

Él volteó a mirarme de frente, con esos ojos gastados, opacos, con sobrecarga de imágenes en las retinas.

“Y usted, ¿vive en la chacra, o vive en el pueblo?”, me preguntó.

Y entonces me di cuenta de que él no sabía que yo era su nieta.

“Del Callao”, le dije, tragándome la pena.

“¡Ah, chalaca! ¡Qué bueno!”, y volteó el rostro al mismo punto fijo del cuarto, que lo había hipnotizado durante horas.

No habló más.

No hablé más.

El silencio se lo llevó nuevamente al pasado, pero esta vez no quiso llevarme a mí.

Published in: on enero 3, 2010 at 7:03 pm  Comentarios (12)  
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